Thomas W. Rowland.
RESUMEN
Durante mucho tiempo se pensó que los niños tenían una menor capacidad de
responder al entrenamiento de resistencia con incrementos en el máximo consumo
de oxígeno, en comparación con las personas adultas. Sin embargo, los estudios
que examinaron el entrenamiento de los niños tenían, en general, fallas
metodológicas que limitan la certeza de dichas conclusiones acerca de las
diferencias entre los adultos y los niños. La mayoría de los estudios con niños
en los cuales se utilizó una adecuada intensidad, tipo y duración de
entrenamiento han demostrado los mismos cambios cualitativos que se hubieran
esperado en sujetos adultos. La información científica sugiere que los niños
podrían necesitar una mayor intensidad de ejercicio que los adultos para activar
las adaptaciones cardiovasculares al entrenamiento. Otros datos formulan
interrogantes acerca de las diferencias en las influencias autónomas sobre el
corazón y la función miocárdica en los niños, que podrían estar relacionadas con
respuestas al entrenamiento en relación a la edad.
Palabras Clave: entrenamiento, capacidad aeróbica.
La capacidad de responder en forma positiva a un "stress" provocado tiene su
origen en el mismo poder de supervivencia de la máquina biológica del ser
humano.
Cannon, en su clásico tratado "La Sabiduría del Cuerpo", en 1932, expresaba
lo siguiente:
"La lucha por la existencia ha sido en gran parte una lucha de los nervios
y los músculos. Los organismos en los cuales las adaptaciones eran más rápidas y
más perfectas, tenían ventajas sobre otros en los que estos ajustes eran más
lentos. Las perfecciones funcionales tenían valor de supervivencia, y nosotros
podíamos considerar los elaborados ajustes para movilizar las fuerzas
corporales…como las consecuencias naturales de una selección natural. (p.11)".
En la sociedad contemporánea, por supuesto, el desarrollo de la performance
deportiva y la salud como resultado del entrenamiento físico han reemplazado, en
gran medida, a la sola supervivencia como punto final para las respuestas al
"stress" físico reiterado. Al menos en las personas adultas, estas adaptaciones
son altamente predecibles (por ejemplo, el engrosamiento óseo directamente
relacionado al "stress" con pesas), así como notablemente específicas (el
entrenamiento de resistencia de los músculos en un determinado rango de
movimiento mejorará la fuerza, fundamentalmente en dicho rango) (Fleck y Kraemer,
1987). También está claro que las adaptaciones tienen límites. Los niveles
controlados de "stress" físico mejorará la función del organismo; el "stress"
que excede los límites normales es contraproducente, y puede activar la ruptura
de la integridad anatómica y de la función fisiológica.
En los adultos, el entrenamiento físico en actividades de resistencia como
carrera de fondo, natación y ciclismo, produce una serie bien definida de
cambios anatómicos, fisiológicos, y metabólicos, denominados en conjunto como el
"efecto ‘fitness’" (McArdle y cols., 1981). Si bien estas respuestas son
predecibles, la explicación de las mismas sigue, en gran medida, siendo un tema
oscuro. Se conoce poco acerca de los mecanismos que producen las alteraciones a
partir del entrenamiento de resistencia, y si bien estas adaptaciones están
asociadas con mejorías en la performance deportiva, no se ha llegado a explicar
bien los mecanismos por los cuales se logran estos efectos – si en verdad hay
una relación causal.
Un adulto previamente sedentario sometido a un programa regular de ejercicios
de resistencia ("endurance") mostrará alteraciones de la función cardiovascular,
efecto común a todos los Estudiantes de Fisiología del Ejercicio en su primer
año de estudio. Con el ejercicio máximo, se aumenta (generalmente de un 5 a un
20%) el máximo consumo de oxígeno (potencia aeróbica máxima, VO2máx.),
lo que refleja tanto un mayor volumen minuto cardíaco, así como un mayor
intercambio de O2 y CO2 a nivel arteriovenoso. Las
mejorías en el volumen minuto máximo se producen exclusivamente por un mayor
volumen sistólico, con poco cambio en la frecuencia cardíaca máxima. Con niveles
submáximos de ejercicio, el consumo de oxígeno y el volumen minuto, por lo
general, no cambian luego del entrenamiento, pero a una determinada intensidad
de trabajo, la frecuencia cardíaca disminuye y el volumen sistólico aumenta (Rowell,
1986).
Estas respuestas son reguladas por ciertas variables claves. El aumento de la
potencia aeróbica a partir del entrenamiento "endurance" depende de una adecuada
intensidad, duración, y frecuencia del ejercicio (actividad continúa de los
grandes grupos musculares, tres a cinco sesiones semanales durante 20 a 60
minutos, a una intensidad que eleve la frecuencia cardíaca entre 60 y 90% de su
máximo) (Colegio Americano de Medicina del Deporte, 1990). Existe una
correlación negativa entre los niveles iniciales de capacidad aeróbica y el
grado de aumento del VO2máx con el entrenamiento. Los adultos mayores
podrían mostrar una menor respuesta cardiovascular al entrenamiento que los
adultos más jóvenes.
Durante mucho tiempo inquietó saber a los Fisiólogos del Ejercicio si los
niños prepúberes tenían capacidad de aumentar el máximo consumo de oxígeno, a
partir del entrenamiento aeróbico, como las personas adultas. Una cierta
cantidad de estudios realizados hace tiempo y revisados por Bar-Or (1989),
sugirieron que antes de la edad de la pubertad hay muy poco o ningún cambio en
el VO2máx de los niños durante el entrenamiento físico. Katch (1983)
sugirió que las respuestas hormonales que podían ser críticas para alterar la
capacidad cardiovascular por el entrenamiento podrían ser "adormecidas" antes de
la pubertad. Otros investigadores han propuesto que los elevados niveles innatos
de actividad física diaria, desarrollada por los niños, crean un estado completo
de entrenamiento, de manera que el hecho de realizar más ejercicio podría no
mostrar un mayor incremento en la función cardiovascular (Hamilton y Andrew,
1976). Por cualquiera de estos mecanismos, es de esperar que la capacidad de
entrenamiento mejore durante el período de la pubertad. Sin embargo, otros
estudios han demostrado mejorías típicas en la potencia máxima de oxígeno en
niños luego del entrenamiento (Rowland, 1985), dejando incierta la resolución
del interrogante.
Es considerablemente importante para los Profesores de Educación Física,
entrenadores, y Fisiólogos del Ejercicio, saber si los niños son en verdad
"aeróbicamente entrenables". El rol del ejercicio en la rehabilitación de los
niños con enfermedades cardíacas y pulmonares se fortalecería si pudieran
documentarse los aumentos de la potencia aeróbica ante el entrenamiento de estos
sujetos.
Los deportistas adultos monitorean los cambios en la función aeróbica para
orientar su entrenamiento; los deportistas prepúberes de elite necesitan un
asesoramiento similar para poder establecer programas seguros de entrenamiento.
La utilización de la potencia aeróbica máxima como índice de los cambios en la
capacidad física necesita ser esclarecida con el fin de evaluar y mejorar la
misma en la población pediátrica. Finalmente, es sorprendente que los cambios
fisiológicos normales en respuesta al ejercicio durante el período de
crecimiento se parezcan tanto a los cambios del "efecto ‘fitness’" en respuesta
al entrenamiento (Rowland, 1990). El hecho de comprender estos cambios podría
brindar una perspectiva de los mecanismos que mejoran o perjudican la capacidad
fisiológica en todas las edades.
La capacidad de entrenamiento aeróbico de los niños fue evaluada examinando:
(a) la relación entre niveles de actividad física habitual y la máxima potencia
aeróbica; (b) el perfil fisiológico de atletas prepúberes altamente entrenados
en resistencia, en comparación con sus compañeros no deportistas; y (c) los
efectos de los programas de entrenamiento sobre la función aeróbica en la
población pediátrica.
Si los elevados niveles innatos de actividad de los niños fueran los
responsables de elevar al máximo la función aeróbica, sería de esperar una
estrecha relación entre el VO2máx y la actividad diaria. Pero aún si
existiera tal asociación, sería difícil concluir que la actividad desarrolló la
capacidad, ya que lo opuesto – los niños más altamente entrenados serían más
activos – también podría ser verdad. De cualquier manera, la asociación entre
capacidad física y actividad diaria durante la infancia no parece ser elevada.
En solo cuatro de siete trabajos en la literatura se observó una asociación o
correlación positiva (Rowland, 1990). La evaluación de este tema fue
desacreditada por la ausencia de medios confiables para registrar la actividad
diaria.
Otro argumento en contra de la actividad diaria como estímulo para
incrementar la capacidad aeróbica de los niños, es la observación que los
niveles normales de actividad de los mismos no elevan la frecuencia cardíaca
durante un período sostenido de tiempo, a niveles que se supone estimulan un
aumento del VO2máx , al menos en los adultos (Gilliam y cols., 1981).
Por lo tanto, basados en estos datos, los niveles normales de actividad en la
mayoría de los niños, probablemente, no sirven para elevar al máximo la función
aeróbica.
Los estudios con niños deportistas de élite (corredores, nadadores, y
ciclistas) demuestran que los atletas prepúberes de resistencia tienen una
función aeróbica superior, en comparación con los no deportistas. Por ejemplo,
en corredores de fondo varones prepúberes se observan valores normales de VO2máx,,
de 60 a 65ml.kg-1min-1 en los no deportistas (Mayers y
Gutin, 1979). Sin embargo, es imposible decir a partir de esta información, si
la mayor capacidad aeróbica del niño deportista es resultado del entrenamiento o
de la predisposición genética. Hasta el momento, no existe ninguna información
que ayude a develar estas dos posibilidades.
Se ha notado que los deportistas adultos de élite, entrenados en resistencia,
normalmente poseen un mayor VO2máx, (70 a 80ml.kg-1min-1),
en comparación con sus pares sedentarios de la misma edad, que los niños
deportistas con respecto a sus pares sedentarios respectivos. Si bien esto
podría indicar que los adultos tienen mayor capacidad de entrenamiento que los
niños, también podría simplemente reflejar un mayor período de participación
deportiva del atleta adulto.
La manera más directa de examinar la capacidad de entrenamiento aeróbico de
los niños podría ser llevando a cabo un programa bien diseñado de ejercicios con
una adecuada duración (al menos 12 semanas) y frecuencia (más de 3 sesiones
semanales). El ejercicio debe ser aeróbico (carrera continua, natación,
ciclismo, salto a la soga, juegos de piso, etc.), y realizado a una intensidad
suficiente para generar una frecuencia cardíaca de al menos 160 a 170lat/min
(controlada por buenos testeadores de frecuencia cardíaca a través del pulso, o
por telemetría). El estudio debería incluir un gran número, tanto de varones
como de mujeres, comprendiendo un amplio espectro de capacidades físicas de
inicio, y debería ser mínimo el número de participantes que abandonen el
programa. También, en el estudio, se debería incluir a un grupo cuidadosamente
seleccionado de sujetos control, similares en la capacidad física de inicio.
Antes y después del programa de entrenamiento se debería determinar el máximo
consumo de oxígeno (VO2máx) utilizando un protocolo de evaluación que
imite a la actividad desarrollada (por ej., sobre cinta ergométrica para un
programa de pedestrismo o caminata), y se debe delinear con claridad la
definición de VO2máx en la evaluación.
Desafortunadamente, aún no se ha llevado a cabo ningún estudio con estas
características. Desde 1986, se han conducido al menos 31 estudios sobre el tema
de la "entrenabilidad" aeróbica de los niños, con una gran variedad de tipos de
ejercicio, duración, e intensidad. Muchos de ellos contaron con poca cantidad de
sujetos, controles inapropiados o ausentes, e inadecuada documentación de la
intensidad de ejercicio. Y debido a que el grado de desarrollo de la máxima
potencia aeróbica a partir del entrenamiento valió entre estos estudios, no
existe una clara respuesta acerca de la capacidad aeróbica de los niños o de los
ingredientes esenciales para producir estos cambios.
Varios autores han revisado estos estudios e intentado elaborar conclusiones
basados en ciertas calificaciones de los diseños de los programas. Rowland
(1985) revisó en forma selectiva aquellos trabajos con niños en los cuales la
frecuencia, duración, intensidad, y forma de ejercicio parecían ser adecuadas
para mejorar la capacidad aeróbica en las personas adultas. De ocho de estos
estudios, seis demostraron un aumento en el VO2máx luego del
entrenamiento, con un rango del 7 al 26%. Conociendo las fallas metodológicas
anteriormente mencionadas, este trabajo de revisión sugirió que: (a) la
capacidad aeróbica en los niños puede ser incrementada a través de programas de
ejercicios de endurance apropiadamente diseñados; y (b) los criterios para la
intensidad de los programas, duración, y frecuencia necesarios para mejorar la
potencia aeróbica, se aplican de igual modo para niños y adultos.
Pate y Ward (1990) llevaron a cabo un análisis similar de los estudios de
entrenamiento en niños enfocando en reportes en los cuales: (a) se incluyera un
grupo control similar al grupo de estudio; (b) el protocolo de entrenamiento
fuera fácilmente interpretado en relación a la frecuencia, duración, e
intensidad de ejercicio; (c) se incluyeran mediciones fisiológicas; (d) se
realizaran análisis estadísticos; y (e) los resultados fueran publicados en una
revista científica. De los 12 estudios que conformaron este criterio, 8
presentaron un aumento en el VO2máx entre 1.3 y 20.5% (media= 10%);
valor consistente con el limite inferior de valores reportados en los programas
de entrenamiento para adultos.
Otros científicos que revisaron los estudios de entrenamiento en la población
pediátrica arribaron a conclusiones similares (Sady, 1986; Vaccaro y Mahon,
1987); por lo tanto, la mayoría de estos datos indican que los niños prepúberes
muestran adaptaciones positivas al entrenamiento aeróbico, pero estas respuestas
podrían ser cuantitativamente menores que en los adultos. Sin embargo, como Sady
(1986) enfatizó, "no se pueden elaborar conclusiones definitivas con respecto a
los efectos cardiorrespiratorios del entrenamiento físico en los niños, ya que
se han llevado a cabo pocos estudios bien controlados que incluyeran variables
cardiorrespiratorias importantes" (p.510).
Hubo dos estudios que no presentaron diferencias en el desarrollo de la
capacidad aeróbica cuando sujetos pre y post-púberes participaron en el mismo
programa de ejercicios. Eisenman y Golding (1975) reportaron un incremento en el
VO2máx de 17.6 a 16.1% en niñas de 12 a 13 años de edad y mujeres de
18 a 21, respectivamente, luego de 14 semanas de pedestrismo y de gimnasia con "steps"
, tres veces por semana. Savage y cols. (1986) describieron iguales mejorías del
3 al 8% en el VO2máx, tanto en niños prepúberes como en hombres, con
un programa de 10 semanas de pedestrismo/caminata.
Es interesante notar que los estudios longitudinales en niños atletas durante
el entrenamiento, por lo general, no han demostrado mejorías en el VO2máx
relativo al peso (Daniel y Oldridge, 1971). Esto concuerda con observaciones en
los adultos que el grado de desarrollo de la capacidad aeróbica con el
entrenamiento de "endurance" está inversamente relacionado con los niveles de
capacidad física antes del entrenamiento.
Virtualmente no se posee información sobre la respuesta de los componentes
del sistema de transporte de oxígeno al entrenamiento en los niños. En varios de
los estudios de entrenamiento con la población pediátrica se ha observado una
disminución en la frecuencia cardíaca submáxima. Ericsson (1972) observó un
aumento del 20% en el volumen sistólico pico de un grupo de niños prepúberes,
luego de 4 meses de ejercicio aeróbico regular.
Para resumir, los estudios que examinan la capacidad de entrenamiento
aeróbico en los niños son imperfectos, pero sus resultados sugieren que los
sujetos prepúberes se adaptan en forma predecible al ejercicio aeróbico con
mejorías en el VO2máx . Algunos datos sugieren que este desarrollo de
la capacidad aeróbica es cuantitativamente menor que el observado en adultos
jóvenes. Estudios diseñados y controlados en forma más cuidadosa deberían
brindar una mejor respuesta a la pregunta de la "entrenabilidad" de los niños, y
métodos no invasivos de medición mas desarrollados de la función cardiovascular,
tales como la ecocardiografía o la bioimpedancia, podrían brindar una
perspectiva de los mecanismos responsables de las respuestas al entrenamiento de
acuerdo a la edad.
Si es verdad que los niños están cuantitativamente limitados en sus
respuestas cardiovasculares al entrenamiento aeróbico, cuáles podrían ser los
mecanismos responsables? Algunos datos sugieren que los niños podrían requerir
una mayor intensidad de ejercicio para desarrollar las adaptaciones
cardiovasculares, en comparación con los adultos. Otros datos reportan
diferencias en la función autónoma y en la función miocárdica durante el
ejercicio, en niños y adultos, que podrían estar relacionadas a las respuestas
al ejercicio.
De todos los factores necesarios para producir mejorías en la función
aeróbica con el entrenamiento, en adultos, la intensidad del ejercicio es uno de
los más importantes. La frecuencia cardíaca, la variable tradicional para marcar
la intensidad, debe estar entre el 60 y el 90% de la máxima frecuencia cardíaca
máxima teórica, o entre el 50 y el 85% de la reserva de frecuencia cardíaca
(diferencia entre la frecuencia máxima y el reposo, más la frecuencia en
reposo). No se sabe si para los niños, estos umbrales son los adecuados.
Massicotte y McNab (1974) observaron que era necesaria una frecuencia cardíaca
de 170 a 180 latidos/minuto para aumentar el VO2máx en niños de 11 a
13 años, durante un programa de entrenamiento en ciclismo de 6 semanas.
Las claves para pensar que los niños podrían requerir mayores frecuencias
cardíacas que los adultos para mejorar la capacidad aeróbica provienen de la
consideración de las diferencias relacionadas con la edad en relación al umbral
aeróbico (UA). El UA representa el comienzo de un aumento acelerado de lactato
sanguíneo durante un test de ejercicio progresivo, y podría señalar el punto, a
partir del cual el aporte de ejercicio resulta inadecuado para el músculo
activo. Por lo tanto, se ha utilizado a la intensidad de ejercicio a nivel del
UA, como un marcador de lo que es necesario para mejorar la potencia aeróbica.
Las investigaciones con niños demuestran que el UA en sujetos prepúberes
(medido en forma no invasiva, por linearidad en las curvas de la ventilación y
del consumo de oxígeno, durante una evaluación progresiva) se produce a una
frecuencia cardíaca de aproximadamente 165 a 170 latidos/minuto (Rowland y Green,
1989; Washington y cols., 1988). Esto equivale al 85% de la frecuencia cardíaca
máxima o al 75% de la reserva de frecuencia cardíaca, en el elevado rango de
valores determinados a partir de fórmulas, utilizadas en los estudios con
adultos previamente mencionados. Esto sugiere que los estudios en los cuales los
niños no pudieron mejorar la potencia aeróbica, ya sea en forma cuantitativa o
cualitativa, en comparación con los adultos, podrían no haber trabajado con la
suficiente intensidad de esfuerzo.
Los activadores y mecanismos fisiológicos para las adaptaciones aeróbicas al
entrenamiento en las personas adultas no se conocen completamente. El máximo
consumo de oxígeno se mejora a través de la combinación de un mayor volumen
sistólico y extracción periférica de oxígeno, mientras que las respuestas
submáximas involucran una disminución del tono simpático y un aumento de la
actividad parasimpático (Rowell, 1986). En ambas adaptaciones, existe la
evidencia que los niños difieren de los adultos, pero aún se especula acerca de
cómo podrían traducirse estas diferencias en respuestas más leves con el
entrenamiento aeróbico.
La capacidad de los niños de aumentar el volumen sistólico con ejercicio
agudo parece estar disminuida en comparación con la de los adultos. A cualquier
nivel de consumo absoluto de oxígeno, los adultos poseen un mayor volumen
sistólico que los niños (Godfrey, 1974), y el cociente entre el volumen
sistólico máximo y en reposo es menor en sujetos prepúberes (Rowland y cols.,
1988). Aún es incierto el rol de las diferencias relacionadas con la edad en la
pre-cardíaca y la influencia de las hormonas en la pubertad (testosterona) como
limitante de la performance miocárdica durante el ejercicio (Rowland, 1990). Un
factor determinante más probable de la depresión de la respuesta del volumen
sistólico al ejercicio, es el menor estímulo simpático cardíaco en los niños
prepúberes. Durante el test en cinta ergométrica, los niveles máximos de
norepinefrina (como un indicador de la actividad nerviosa simpática) en los
niños, podría ser hasta un 30% menor que en los adultos (Berg y Keul, 1988).
Nuevamente, es problemático como estas diferencias relacionadas con la edad
en la función simpática podrían reflejarse en variaciones en la respuesta al
entrenamiento aeróbico – si tales variaciones realmente ocurren. Los niños
responden de manera diferente que los adultos a las series agudas de ejercicio,
y aún no está claro si estas características de los sujetos prepúberes están
reflejadas en diferencias en las adaptaciones cardiovasculares al "stress"
reiterado de ejercicio. El gran cúmulo de información científica sugiere que los
niños son aeróbicamente "entrenables" , a pesar de que la intensidad del
ejercicio, necesariamente, debería ser mayor en los sujetos más jóvenes.
Cualquier disminución en la capacidad para mejorar la función cardiovascular con
el entrenamiento podría estar asociada con una menor función miocárdica con el
ejercicio, en comparación con las personas adultas. Por otro lado, este hecho
podría estar relacionado con menores niveles de actividad cardíaca simpática en
los niños prepúberes.
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Para citar este artículo: Rowland, Thomas W. Entrenamiento del Sistema Cardiorrespiratorio Durante la Infancia. PubliCE Standard. 07/11/2005. Pid: 541.